viernes, 5 de julio de 2013

VISITAS EN LA NOCHE (secuencia de la novela "Malos recuerdos", de JFAR)



 

Alguna cripta olvidada. Paredes de piedra antaño lustrosa, hoy lóbrega y siniestra en las entrañas de la tierra. Telarañas que cubren la oscuridad, cirios nunca encendidos que no iluminan la tiniebla. Cinco sepulturas, cinco pesadas losas de mármol. Un esqueleto, sus huesos desperdigados por el suelo. La calavera sonríe eternamente, mirando sin ver, mudo testigo del horror, la decrepitud y la muerte. Un escarabajo corretea sobre lo que en otro tiempo fue un rostro, quién sabe si hermoso. Una araña espera paciente en algún rincón, atenta a su tela por siempre jamás.

Algo que debería estar muerto no lo está. Tampoco está vivo. 

Algún ruido donde únicamente debiera existir silencio. Algo araña bajo una de las lápidas. La pesada piedra comienza a moverse con tétrico sonido. Una pálida mano asoma de su interior.

El sueño acabó.

Hace mucho que nadie entra aquí y nadie volverá a hacerlo. Nadie recuerda ya los restos que en este lugar descansan, ni sabe quién son sus descendientes. Lo que una vez fueron flores, ahora son metáforas de la muerte, marchitas mucho más tiempo del que fueron lozanas.

Nadie piensa ya en este cementerio. Pocos son los que hoy acuden a él para encontrar su último lugar de reposo, y pronto nadie lo hará. Los cementerios también mueren, pero algunos no descansan en paz. 

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César duerme, pero su sueño no es tranquilo. En él busca a su difunta amada, que aquí sigue viva. La persigue a través de los bosques que rodean las montañas del pueblo de los padres de ella, bajo la luz de la luna que, plena y serena, todo lo preside y cubre de plata.

Más que una mujer, pareciera que lo que persigue es una ilusión. Siempre distante, fuera del alcance de su campo visual. De tanto en tanto, cree entreverla en la zona periférica de su visión, casi reducida a una fugaz mancha blanca en movimiento en la noche, pero un momento después desaparece de nuevo. Corre entonces en esa dirección, pero nunca consigue alcanzarla, como en la leyenda de Bécquer. ¿Acaso estará él también persiguiendo una ilusión?

A Sofía le apasionaba el poeta sevillano. Podía recitar de memoria buena parte de sus rimas y conocía todas sus leyendas. Fue precisamente por influencia d ella que él también acabó leyéndolas varias veces. A Sergio también le gustaba mucho.

¿Lobos? Hace mucho que dejaron de correr por aquellas montañas, pero aseguran que ahora han vuelto. La especie se está recuperando. Quizá perros salvajes. Para el caso es lo mismo. Afirman que son todavía más feroces y sanguinarios.

Girándose, descubre la figura del supremo cazador en lo alto de una colina, recortada contra el disco lunar en forma de negra silueta. Soberbio, orgulloso, el cuello estirado y la cabeza alzada para mirar directamente al firmamento, llorando a la noche y a la oscuridad.

Llama  sus compañeros con su lamento largo y fúnebre. Deben andar éstos por las laderas. Todavía no puede verlos, ni siquiera escucharlos, pero sabe que la persecución ha comenzado.

Presa del terror ancestral, herencia de su especie de los tiempos en que también ésta contaba entre las víctimas de los depredadores, comienza a correr montaña abajo en desesperada carrera por la supervivencia. Mientras lo hace sigue pensando. El terreno es irregular. Antes o después pisará algún canto o rama y acabará rodando por tierra con el tobillo lastimado.

Le darán alcance. Ya casi puede escuchar tras él sus pisadas sobre la seca alfombra de agujas de pino, la respiración agitada a través de sus fauces abiertas…

De repente cae en la cuenta. Ellos son más veloces y más resistentes… pero no saben trepar.  Tan sólo tiene que encaramarse a las ramas de algún árbol y quedará fuera de su alcance.

El líder aúlla de nuevo. ¿Un aullido? Quizá otro sonido. ¿Cuál? Le resulta familiar. En unos segundos lo habrá reconocido.

César despierta incorporándose en el lecho. No agitado y sudoroso, como ocurre al salir de una pesadilla saliera. Había encontrado la forma de evadir a los lobos o perros salvajes. Está tranquilo, no obstante inquieto. Había algo perturbador en su sueño… en la noche…

Escucha de nuevo aquel sonido. Largo, agudo… ahora lo reconoce perfectamente. Volviéndose a un lado para sacar las piernas de la cama, echa sábanas y mantas a un lado para buscar con los pies y a tientas las zapatillas de andar por casa.

Acercándose a la ventana, echa una mirada a la calle. Allá, una planta más abajo y varios metros a la derecha, una figura femenina de espaldas que, portando algo en brazos, se aleja por la callejuela de otro tiempo, flaqueada por viviendas de varios pisos tan vetustas y antiguas como aquélla en que él se encuentra.
Es una hembra soberbia. De muy largos y ondulados cabellos dorados y formas de verdadero delirio y locura. La amarillenta luz de tungsteno de los viejos faroles de hierro forjado, cae derramada para acariciar los vaporosos relieves de su liviano vestido blanco.

Aparentemente consciente de su presencia y ser observada, ella se vuelve para mirarle a su vez. Tiene los ojos verdes. Incluso desde allí puede apreciarlo. Y es bella. Bella como sólo lo maldito y lo que lleva a la condena puede serlo. Sus labios son rojos como la sangre…

Un bebé llora largamente en sus brazos. Ella lo apoya contra su vientre y sus pechos, ya de por sí voluminosos y desafiantes, resultan aun más realzados para encararle y apuntarle descarada y provocativamente con sus oscuros pezones, perfectamente marcados y visibles a través del fino y ligero tejido.

La visión es de un erotismo embriagador y César siente su virilidad pugnar contra la tela del pantalón de su pijama.

Tan sólo permanece así por un momento. Suficiente para transmitirle toda la lascivia y lujuria que anida en su perversa alma. Después se gira sin más, alejándose por la callejuela.

César abandona su habitación y corre escaleras abajo como un loco. Abandonada toda precaución, ni siquiera considerado el riesgo de tropezar y acabar con sus huesos rotos contra los duros escalones.

Con la misma ropa de dormir, perdidas las zapatillas y por tanto descalzo, sale a la calle y se lanza en la dirección por la cual ella desapareció.

Cual poseso demente y desbocado, recorre todas las calles del pueblo en su búsqueda, llegando incluso hasta el borde que, barranco abajo, lleva al lecho del río. 

Pero allí no hay nada. Igual que en su sueño. 

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“Sergio… Sergio…”

Es una vocecilla débil la que le llama. Lejana, distante… lastimera. Hay algo triste en ella. Una profunda melancolía. Algo sobrenatural.

Sergio reconoce sin problemas la voz de su hermana. Y sabe que está soñando.

-Sergio… sé que estás ahí. No me esquives, amado hermano.

Despierta con el rostro empapado en frío sudor.

“Sergio… mi amadísimo hermano…”

Ya no está soñando. ¿O sí? Ayer desconfió de su cuñado cuando le aseguró haber visto a una mujer semidesnuda en la calle. Pensó que, probablemente, se tratase de un delirio en su sueño, motivado por el dolor provocado por la muerte de su prometida. ¿Deliraba él ahora? Su propio sufrimiento no resultaba en modo alguno inferior al de aquél, y ahora escuchaba la voz de su hermana llamándole. Perfecta, nítidamente…

Llegaba a sus oídos cual si procedentes de las estancias inferiores, a las superiores de un castillo medieval ascendiera. Levantando ecos como si desde un momento distinto en el tiempo llegasen. Una voz del pasado. Una voz de ultratumba.

-No estoy escuchando esto –se aseguró a sí mismo-… ¡No es real!

“Sergio… ¿por qué me niegas?” preguntó más cercana ahora. 

Sentía los pelos de punta, la piel de gallina bajo la tela de su esquijama. Estaba escuchando con su sentido auditivo, no con su mente. Aterrado, dudó estar asomándose al borde del negro pozo de la locura, agarrado a un clavo ardiente cual náufrago a la deriva, en desesperado intento de no permitirse una idea aun más inquietante. La idea de que en verdad fuese ella la que le llamaba.

-No eres real. ¡Estas muerta! ¡Dios me maldiga! ¡¡Estás muerta!!

No resultaba necesario que el padre de todos lo hiciese. Ya lo hacía él mismo al pronunciar aquellas tremendas palabras, odiándose y culpabilizándose al proclamar la muerte de su hermana.

“¿Por qué dices eso, Sergio? ¿Por qué tan terribles palabras?”

-Estás muerta, Sofía. Maldita seas. ¡¡¡Estás muerta!!! –gritó finalmente descompuesto, el llanto en sus ojos, los engarfiados y crispados dedos clavados en las sábanas.

“Sabes que no es cierto. Tú no me dejarías morir. ¿Verdad?”

Sintió un puñal clavarse en el pecho ahora. ¿Era eso? ¿La voz de su conciencia, superada ya la barrera de la cordura, le hablaba acusadoramente por no haber estado al lado de ella en su hora más crítica?

-No me hagas esto, Sofía.

Su propia voz sonaba lastimera ahora. Rota cual la de un niño abatido y derrotado.

-No pude hacer nada…

“Y sin embargo ahora me niegas”.

Sacudió la cabeza.

-No te niego, Sofía… jamás podría hacerlo. Hubiera dado mi propia vida por salvar la tuya, lo sabes. Pero ahora estás muerta.

“No digas eso, Sergio. Por favor… no me niegues”.

No pudo responder ahora. Sus ojos anegados en lágrimas, el rostro bañado por el llanto.

“Me has cerrado tu corazón”.

-No. No es cierto. No lo es.

“Lo es, Sergio. Lo es”.

De nuevo no supo responder a aquella voz acusadora.

“Ni siquiera me permites ya la entrada en tu casa”.

-¿Mi… casa?

“Tú mismo lo afirmaste ante la abuela: es tan tuya, como suya o de mamá. Ella no lo negó… y sin embargo no me quieres en ella”.

Sergio permanecía confundido. ¿De qué demonios le estaba hablando? ¿Qué sentido tenía todo aquello?

-Dices cosas sin sentido. También es tu casa.

Sin ser consciente de ello, Sergio reconocía entidad propia a la voz al mismo tiempo que su mente, desesperada, seguía aferrándose a la teoría del delirio.

“No, ya no lo es. No son las mismas leyes las que afectan a los seres de tu mundo y las que lo hacen a los que ya lo abandonaron. Ésta ya no es mi casa… y tú no me permites la entrada en ella”.

-¡No digas eso! ¡No lo digas nunca más! Nunca negué nada a mi hermana. Las puertas de mi casa siempre estuvieron abiertas para ella. Y siempre lo estarán.

“Sergio… mi amado hermano…”

Se escuchaba ahora emocionada la voz. Aterrorizado, fue testigo de cómo la neblina, esa misma que cubría la calle y de blanco cubría el cristal de la ventana, comenzaba a deslizarse por el borde inferior de su marco para deslizarse dentro de su habitación.

“… sabía que no me habías olvidado. Que todavía me amas”.

Observó aquello Sergio horrorizado.

-Esto no es real –se dijo una vez más-. No puede serlo.

La puerta del dormitorio se abrió de golpe, sobresaltándole y haciendo que el corazón le diera un vuelco que no mucho le faltó para llegar a infarto.

-¿Qué diablos está ocurriendo aquí? –irrumpió Asunción hecha un basilisco.

-¡Abuela…!

Se miraron a los ojos por un instante. En silencio. Los de ella hablaban sin palabras de una circunstancia terrible advertida. Los de él, buscaban consuelo y protección como si de los de un niño desamparado se tratase.

-Era la voz de Sofía. Me hablaba…

Asunción echaba fuego por la mirada, azul e intensa como las llamas del Infierno.

-Me recriminaba por no dejarla entrar en mi casa. 

El rostro de la anciana se tornó pálido. Blanco como la misma muerte.

-Y tú… ¿qué le respondiste?

-¿Qué le respondí? –preguntó él a su vez confundido. Buscaba que le dijeran que desvariaba, que estaba loco… no que le empujaran aun más en la dirección más aterradora. Dirigió la mirada hacia la ventana de nuevo. Ya no accedía la niebla por el casi inexistente hueco que quedaba entre ella y su marco. Se había retirado. Ni siquiera la había ya fuera, en la calle. Quedó estúpidamente mirando.

-¿Qué podía responder? Era Sofía… si es que no me he vuelto loco. Le dije que las puertas de mi casa siempre estarían abiertas para ella.

La tez de Asunción ahora era blanca como la nieve. Tan ausente de todo color como la tumba.

-Dios nos asista… ¿Qué has hecho, hijo? 

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MALOS RECUERDOS



Las maldiciones del pasado siempre acaban alcanzándonos.

En vísperas de una boda que habría de haberse celebrado en la iglesia del pequeño pueblo del norte del que son originales los padres de la novia, muere ésta a consecuencia en extrañas circunstancias. César y Sergio, cuñado y hermano de la fallecida respectivamente, llegan al pueblo para llorarla y despedirla en el funeral, pero lo que allí encuentran es un secretismo e insistencia en su marcha que acaban por despertar sus sospechas.

Una historia de horror y sufrimiento en la España profunda, que desde hace casi un siglo y a través de las generaciones, viene sacudiendo a una familia. Como piedra angular de todo el asunto, la figura de una bellísima y ya casi legendaria bisabuela, de cuya historia y desgracia nadie se atreve a hablar.

viernes, 28 de junio de 2013

LA AJORCA DE ORO (Leyenda de Toledo) de Gustavo Adolfo Bécquer



Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.

El la encontró un día llorando, y la preguntó:

¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:

¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

María exclamó:

No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:

Tú lo quieres; es una locura que te hará reír; pero no importa; te lo diré, puesto que lo deseas. Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina. Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen, no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no había visto, un objeto que, sin que pudiera explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención... No te rías...; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo... Yo aparté la vista y torné a rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud... Salí del templo; vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. ¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador..., nunca, nunca. Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reír mi locura?


Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:

-¿Qué Virgen tiene esa presea?

-La del Sagrario-  murmuró María.

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-. ¡La del Sagrario de la Catedral! ...

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

-¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo..., yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-. ¡Nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.

¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias; de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.

Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se aprestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. ¡Adelante!, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus manchones de sillería.

¡Adelante!, volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que lo tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano, con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo, la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:-

-¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.