viernes, 12 de octubre de 2012

AMOR DE ULTRATUMBA (I de III) Relato de horror.





¿Cómo puede vivirse un amor, cuando aquel que conquista nuestro corazón murió setenta años antes de que naciéramos? Relato escrito por Ana Negra y Alma Oscura.


…………………………………………………..



Enfiló la recta que, flanqueada por los viejos nichos de muro, llevaban hasta la sepultura de Tomás Valero. La de la cruz, que, majestuosa, se alzaba hasta más de cinco metros de altura. Encogía el alma su contemplación a contraluz, recortándose contra el sol poniente, que teñía de fugo el cielo y de cobre las paredes que perfilaban el estrecho pasillo al reflejarse sus últimos rayos en las cristaleras que protegían las lápidas del polvo y la intemperie.

Tomas Valero… Debió ser alguien ilustre en la localidad. Una de sus calles llevaba su nombre. Cuando vio por primera vez su tumba y leyó el nombre en ella, no le cupo la menor duda. No indagó más sobre el asunto. Había sentido interés por hacerlo, pero finalmente no había llegado a ello.

Conocía bien el plano y la disposición del camposanto, sobre todo en su parte más antigua. No le gustaba demasiado la nueva, con sus losas de brillante mármol, perfectamente pulido y marcado con letras doradas. Ella prefería aquélla otra, con sus sepulcros deteriorados y olvidados. Le fascinaba la imagen que ofrecía, decrépita y quejumbrosa. Las viejas fotografías, amarillentas por el tiempo, que miraban desde otros tiempos sin entender las cosas de los nuevos, acompañadas por deterioradas imágenes y jarrones portadores de flores marchitas largo tiempo ha o de plástico.

Solía acudir allí a menudo. A meditar, a dejarse llevar por profundas reflexiones acerca de la vida y la muerte… Era Olivia, la gótica. La rara. La loca. Durante los tiempos del instituto, a menudo se fugó las clases para hacerlo. Allí, sentada sobre alguna de aquellas vetustas piedras, dentro de algún mausoleo cuando llovía o el sol caía a plomo, dejaba volar su mente hacia mundos extraños. Desconocidos, siquiera intuidos por sus compañeros. Ella era Olivia. La gótica.

Los muertos le hablaban. Desde aquellos retratos, dejaban intuir su esencia a través de sus miradas. Era como si en el momento en que posaron para ellos, hubieran sabido de alguna manera del trágico fin que les esperaba y hubiesen decidido plasmar su angustia existencial. Desde aquellas fotos, ahora grabadas en placas y portarretratos, miraban hacia el futuro en espera del día en que alguien, con sensibilidad suficiente como para leer su expresión, pasara ante su sepulcro.

“Andrés González Bautista. Fallecido a la tierna edad de 6 años. Tus padres, abuelos y hermanos no te olvidan”. Cuánta tristeza. El niño la observaba con sus grandes ojos oscuros. Atenta, muy atentamente. La observaba a ella. La veía. La sentía.

“Cuéntame niño. Cuéntame acerca de tu historia. Perdiste la vida en el 47. Ya no eran los tiempos de la tuberculosis. No de aquellos en que esa enfermedad suponía una sentencia de muerte. ¿Qué fue? ¿Quizá la carencia derivada de la posguerra? ¿Alguna pulmonía mal curada? Tus padres, seguramente, hará ya mucho que marcharon a reunirse contigo en el otro mundo. Tus hermanos estarán a punto de hacerlo, si no lo hicieron ya. Ya nadie en éste te recuerda. Nadie salvo yo. Olivia, la rara.”

Sí, la rara. Quizá no anduvieran equivocados quienes afirmaban que no andaba bien de la cabeza. La locura no es más que un oscuro pasillo que, a través de su siniestro trazado, nos lleva desde un punto de la realidad a otro. “La realidad”. ¿Quién podía afirmar qué era eso? ¿Era lo que quedaba antes de adentrarse en aquél, o más bien lo que se encontraba a su salida en el otro extremo?

Su afición por el eterno lugar de descanso fue en aumento desde su preadolescencia. Al principio se acercaba sólo en las horas de clase, si acaso alguna vez tras ella. Le gustaba asistir a los entierros. Al igual que otros se divertían en las bodas o los bautizos, ella se hallaba a sí misma en éstos. En medio del dolor de familiares y deudos que ofrecían el último adiós a un ser querido, Olivia encontraba su propia esencia, afín al dolor y el sufrimiento. Patética esencia. Negra, fúnebre… Ella era Olivia. La loca.

Cada vez se encontraba más a gusto allí, alargando su tiempo de permanencia. Aprendió a permanecer en silencio cobijada en algún panteón, cuando llegaba la hora del cierre. En otras ocasiones llegaba tras éste y saltaba la valla. Las había en que pasaba las noches enteras allí, durmiendo en compañía tan sólo del último silencio de los que fueron y ya no son. Era tranquilo. Relajante. Le gustaba. Tanto, que a menudo hubiese deseado no despertar, uniéndose a ellos en el mundo tras la tumba. La muerte era bella. Tan bella que ya en dos ocasiones había intentado ir a su encuentro. Las cicatrices en sus muñecas daban fe de ello. Ella era Olivia. La gótica. La rara. La loca.

Conocía bien todo aquello. Un día, mientras el enterrador, junto a sus ayudantes, daba sepultura a un nuevo inquilino, ella aprovechó y entró en su caseta para hacerse con la llave de la misma. Luego se acercó a la población para procurarse una copia y, tras ello, regresó para dejarla en tierra junto a uno de los grandes pinos que flanqueaban el camino asfaltado que hasta el cementerio llevaba. El hombre debió extrañarse mucho al encontrarla allí pero, en cualquier caso, no hubiera podido acertar a intuir lo realmente ocurrido.

Con ella obtuvo acceso a la base del sepulturero y así a todos los mausoleos, panteones y estancias del camposanto. Todas las conoció bien, pernoctando y divagando en cada una de ellas. Llegó a hacer del lugar su segundo hogar. Probablemente el primero en realidad. En naturaleza era más afín al mundo de los muertos que al de los vivos. Se encontraba más a gusto entre ellos que entre quienes seguían respirando.

Se sentó sobre el segundo de los tres escalones que, rodeándola y desde los cuatro costados, subían hasta en pilar sobre el que se anclaba la gran cruz. Pasó los dedos suavemente por la esquela.  “Tomás Valero. ¿Quién fuiste realmente, Tomás? Falleciste el 1893. ¿Un viejo alcalde? ¿Un hijo pródigo de la localidad?”.

Se escuchó el sonido de algún ciclomotor acercándose hasta la verja metálica de la puerta principal, siendo recibido por algunas voces excesivamente alegres para lo que cupiera esperar en un emplazamiento como aquél. Bernardo y su banda. El hijo del cristalero. El Bernie, el Lápidas, Pablo, el Negro… Ellos también se sentían atraídos por el lugar, pero era algo diferente a lo suyo. Eran punkys siniestros. Para ellos aquello era una fiesta. Para ella un sentimiento. A ellos les divertía lo lúgubre. Ella vivía sumida en una perpetua melancolía, de la que ni deseaba ni hubiera podido salir. No era lo mismo. En absoluto.

No le gustaba demasiado lo que hacían. Correteaban por allí gastándose bromas y tomándoselo todo a guasa. La muerte no era cosa de guasa. Era hermosa. El broche de oro a la vida. Hacía algunas semanas, habían destrozado la lápida de unos de los nichos de muro de la parte antigua, para sacar el ataúd que contenía y tomar la calavera de su inquilino. Decían que se la habían llevado de fiesta y acabó colgada en un pub punk de una localidad a unos 50 Km de allí. No le gustaba. Se defendían alegando que se trataba de una de las tumbas de la parte antigua. Según su lógica, eran muy antiguas y quienes en ellas descansaban no contaban ya con familiares que los recordasen, con lo cual a nadie dañaban. No le servía la excusa. Era una falta de respeto al propio lugar. El cementerio era un sitio de tranquilidad y reflexión. No le agradaban las burlas a la muerte.

Hoy andaban por allí de nuevo. Solían acercarse de vez en cuando. Más a menudo de lo que ella hubiese deseado. Se levantó para volverse. Hoy no se sentía con ánimo para soportar su ruidosa compañía. Sopesó la posibilidad de dirigirse a la puerta para llamarles la atención. “Bah, para qué…”. Sin más, se  giró para dirigirse a la  pequeña entrada trasera. Por allí podría salir sin que siquiera notasen su presencia.

Esta vez optó por el pasillo que hasta ella llevaba directamente, el último del camposanto, al otro lado ya la ladera del calvario que a la vieja ermita en su cima ascendía. Antes había venido por el paralelo, inmediatamente anterior. Le sorprendió encontrar abierta la vieja puerta de uno de los panteones, la cadena que la cerraba, tan oxidada y ruinosa como sus barrotes, tirada en el suelo.

Curiosa, la empujó hacia adentro para asomarse. Nunca antes la había hallado así. Tampoco había tenido ocasión de visitar su interior. La que abría el candado que la guardaba y ahora yacía partido junto a aquélla, suponía una de las pocas llaves que no se podían encontrar en la caseta del enterrador. Seguramente hacía mucho ya que no existía ninguna copia. Era como decían el Bernie y los suyos. Se trataba de tumbas y panteones demasiado antiguos. Ya nadie se acercaba allí a llevar flores. Nadie recordaba a sus inquilinos ni se preocupaba por ellos. Probablemente dejaron de visitarlos hacía ya muchos años. Nadie debía haber entrado allí desde entonces. ¿A quién pues podría interesar hacerlo? Debió perderse por puro desuso, en alguna de las reformas o en cualquier otra circunstancia, y después ya nadie la había echado en falta. El día que hubieran de derribar aquello o acceder al interior por cualquier motivo, forzarían o cortarían el candado o la cadena y en paz. Quizá ese día ya había llegado.

Algo vino a chocar con la parte baja de la puerta, obturándola. El sol ya casi se había ocultado en el horizonte, la oscuridad era ya casi total. Pasó con cierta dificultad por el hueco que había quedado entre aquélla y el marco, aguardando una vez dentro algunos momentos para adaptar la vista a la nueva situación de penumbra. Una vez lo hubo conseguido, se apercibió de la presencia de un cofre abierto en el suelo.

“Otra vez lo habéis hecho, ¿eh?”.

El Bernie y los suyos. ¿Cómo no? Por el suelo permanecían desparramados los escombros resultantes de su siniestra actividad. Dentro de la caja, un esqueleto amortajado sin cabeza. Lo contempló ensimismada. El sudario era blanco, quizá amarillento. En aquellas condiciones de luminosidad no podía apreciarse bien. Decidió salir en busca de algún cirio encendido. Recordaba haber visto alguno en la parte de más abajo, ya en la zona nueva. Debía hacerse con algún mechero o similar, pensó. Resultaba útil en ocasiones.

Regresó al cabo de unos minutos ya con él. Efectivamente, presentaba una apariencia y textura a la vista cerosa, pajiza. Probablemente fue níveo en otro tiempo. Aquel color parecía resultado de la impregnación por los fluidos procedentes de la descomposición del cadáver.

Había otra tumba en el suelo. Debía pertenecer al familiar más insigne, distinguido o apreciado. Quizá tan sólo al primero que allí fue enterrado. Mientras la suya se ubicaba en el suelo y el centro de la estancia, las otras cuatro lo hacían en las paredes a su alrededor. Se inclinó para echar un vistazo al nombre en la lápida. Nuevamente, se vio sorprendida al descubrir un hueco al otro lado, que daba acceso a una breve escalera de piedra.

Decidió inspeccionar aquello, claro. Aquella era su casa. El cementerio. ¿Cómo puede quedar un solo lugar en la propia morada que no se conozca?

Lo de abajo venía a ser una réplica de lo de arriba. De nuevo una sepultura central y cuatro en los muros. Se acercó hasta la que le quedaba enfrente, acercando el cirio para echar un vistazo a la esquela.

Y entonces supo lo que era el amor a primera vista. Hasta entonces y pese a su naturaleza esencialmente romántica, había dudado de su real existencia. Ahora en cambio, sintió cómo el corazón le daba un vuelvo al contemplar aquella vieja imagen amarillenta. Era un rostro divino el que en ella aparecía. Un verdadero ángel. El ángel que siempre había esperado y no se atrevió a considerar que realmente existiera.

Casi no se atrevió a respirar siquiera. Con un dedo, acarició el sucio cristal que cubría la lápida para limpiar el polvo sobre él y así poder ver mejor en su interior. Con la propia tela de su vestido negro, terminó de quitarlo. Ella, tan señorita e impoluta siempre. Alguien le había dicho que los góticos venían a ser una especie de pijos siniestros. Tenía sentido. Gastaban en ropa mucho más que sus hermanos metálicos y su interés y cuidado por el aspecto resultaba muy superior. Si las góticas eran pijas oscuras, ella resultaba una aristócrata dentro de ellas. Sangre azul, que no plebeya, pija entre las pijas. El dinero de su padre, reputado y afamado cirujano, lo permitía, y su sensibilidad e innata elegancia y distinción lo imponían. Con todo, no dudó a la hora de ensuciar su carísimo modelo de Hirooka Naoto. Ella, claro. ¿No era acaso la loca?

Realmente sintió sus piernas temblar al mirar de cerca de los ojos a aquél ser de belleza indescriptible. ¡Era guapísimo! Sus cabellos rubios como la cerveza, sus ojos verdes como la hiedra en invierno. Se trataba de una fotografía en blanco y negro que, por tanto, no  permitía apreciar aquel detalle. Pero eran verdes. Lo sabía. Amaba los ojos verdes. Tenían que ser verdes. Muchas cosas fueron comprendidas en un momento. No tenían que serlo porque los amaba. ¡Amaba los ojos verdes porque los de él eran de ese color! Había nacido para amarlo. A él. A todo lo que él era y representaba. Sus predilecciones en materia de chicos, siempre se habían orientado a lo que ahora exactamente estaba contemplando. Era su compañero ideal. Había venido al mundo para encontrarse con el y un desconocido sentido había marcado y definido su atracción por la conjunción de características que sólo en él encontraría.

Tomo asiento sobre la lápida de la tumba del suelo, elevada unos 40 cm por encima del nivel de éste, dejando depositando el cirio a su lado sobre ella. Realmente necesitaba hacerlo. Había estado a punto de desmayarse a causa de la emoción y el profundísimo sentimiento vivido.

Tomó aire para serenarse un poco. Aquello había sido como un potentísimo golpe en el estómago que deja sin aliento. Un golpe que produce placer y no dolor, pero que aturde y hace perder el sentido igualmente. Ahora todo pasaba a tener otro sentido en su vida. Incluso sus relaciones con el sexo opuesto. A sus diecinueve años, hecho totalmente inaudito en las jóvenes de su edad, continuaba siendo virgen. Había tenido varias parejas, cómo no, pero ninguna consiguió llevarse el gato al agua. No era que se hubiese esforzado por permanecer así a la espera de su príncipe azul ni ninguna otra chorrada del estilo. Simplemente no se había sentido con deseos de acabar con esa situación. Ningún varón le había despertado interés suficiente para ello. En realidad, ninguno le había despertado interés en absoluto. Las veces que salió con diferentes de ellos, fue más por confusión adolescente, experimentando para conocerse a sí misma.

Ni siquiera Carlos, su actual pareja, había conseguido cambiar eso. El tío era un verdadero idiota. Guapo, muy guapo, ciertamente. Un morenazo por el que suspiraban muchísimas otras muchachas, pero que a ella no le despertaba ni frío ni calor. Había apostado con sus amigos a que conseguiría desvirgarla. El muy fanfarrón no era nada discreto, ni tampoco aquéllos. El rumor se había corrido y no tardó en llegarle. No le molestaba. La cuestión era que todas esas cosas la dejaban totalmente apática. Probablemente accediera. Conservar la virginidad no revestía para ella ningún interés, ni ésta constituía ningún valor. Quizá decidiera probar: Mera curiosidad por saber cómo era aquello que tanto parecía gustar a las otras chicas. Nada más. No le interesaba la mera sexualidad. Para ella, ésta rebasaba la frontera de lo puramente físico para ubicarse el la dimensión del erotismo mental. Lo que excitaba era lo que surgía en la mente, no lo que experimentaba el cuerpo a través de sus sentidos. Éstos tan sólo eran mensajeros, instrumentos de aquélla.

Ahora todo cobraba sentido. Para cualquier otra persona sería justo lo contrario, pero no para ella. Cualquiera hubiera desesperado al hallar que el amor de su vida, había muerto mucho antes de nacer uno mismo. “Gregorio Sabater Navarro. Fallecido en 1927 con veinticinco años.” Dejó el mundo casi setenta antes de que ella llegase a él. No suponía ningún obstáculo. No para ella. No para la amante de la muerte. Ni ésta ni el vacío del tiempo pretérito bastarían para separarla de su amado.

A partir de ese día, comenzó a visitar aun más asiduamente el camposanto. Cada tarde. Con ayuda de palancas se las ingenió para arrinconar el cofre profanado por los punkys, recogiendo todos los escombros para meterlos en él y cerrarlo de nuevo. Poca gente pasaba por allí y menos todavía resultaban aquéllos a los que se les ocurría echar una mirada al interior de esos viejos panteones. Aun así se trataba de una solución pasajera. Debía encontrar la forma de devolver la caja al interior del nicho y cerrar éste. Resultaba ésta demasiado pesada para hacerlo ella misma por sí sola. Ya pensaría algo. Por ahora estaba bien.

Pasó a cuidar del mausoleo con el mismo mimo y cariño con que una madre cuida de la cuna de su bebé. Buscó un nuevo candado para cerrar la puerta. Uno del que sólo ella dispusiera de llave. Hubo de dotarlo de una apariencia oxidada, para así permitir que pasara desapercibido y confundido con su predecesor. Fácil. Era una chica inteligente. Muy inteligente. De niña fue muy aficionada a los juegos de química y ya de mayor seguía dándosele bien ésta en los estudios. Fue tan sólo cosa de sumergirlo algunos minutos en una solución de sulfato de cobre.

Quedaba allí por horas, incluso a dormir muchas noches. En casa hacía ya que no se extrañaban cuando no lo hacía allí. Bastaba con que avisara para que no se preocuparan. Después de sus dos intentos de suicidio, sus padres, aconsejados por el psicólogo, habían llegado a la conclusión de que era mejor no hacerla sentir arrinconada y presionada. Cariño, mucho cariño. Éste lo había recomendado y ellos seguían la instrucción a pies juntillas. ¡Sic! Estudiar una carrera para eso. No era la falta de cariño, que de eso había andado sobrada con sus progenitores, lo que a ella le había llevado al borde de la muerte, sino la pura y poderosa atracción por ésta. En sus momentos de más profunda reflexión, la realidad vital llegaba a difuminarse y sentía que volaba libre hacia la oscura dimensión. La vida y sus circunstancias quedaban entonces sin significado y aquélla aparecía como una madre que, acogedora, extiende sus brazos para acogernos en su dulce regazo.

Hablaba con él. Pasaba horas haciéndolo. Hablaba de amor, de su día a día y sus experiencias a este lado de la realidad. Y él le contestaba. En sus deambulares por el cementerio, había aprendido a dialogar con los muertos. Les comentaba y hacía preguntas, e imaginaba cómo ellos le respondían. Estaba bien. Le servía. ¿Quién podría asegurar que sus propios pensamientos entonces, no estaban inspirados por ellos, que así le contestaban realmente? Tampoco necesitaba llegar a tanto. Simplemente le servía. Había un mundo en su mente. Con eso le bastaba.

A partir de algún indefinido momento, comenzó a difuminarse la conciencia de estar respondiéndose a sí misma al hablar con él. Algunas ideas y palabras llegaban a su cabeza como por propia iniciativa, como procedentes de una inteligencia ajena. En alguna revista, hace tiempo, leyó que los antiguos no tuvieron perfectamente delimitada su identidad diferencial en su cerebro, y como consecuencia de ello confundieron a menudo sus pensamientos con palabras de los dioses que les hablaban. Así Ulises o Heracles recibieron los “mensajes” de Atenea, o Eneas y Héctor los de Afrodita. ¿Era aquello lo que le estaba ocurriendo? ¿Estaba retrocediendo en la evolución de la conciencia? ¿Quizá más bien se adentraba en los negros pasadizos de la locura? ¿O quizá era realmente su amado el que con ella se comunicaba? Tampoco importaba. Era el mundo de su mente, su mundo, y en él ella decidía lo que valía y lo que no.

Fue en una de esas noches cuando los escuchó aproximarse. Era cuestión de tiempo. Tomando el afilado y agudo estilete de doble filo en su mano, subió las escaleras y se apostó a un lado de la puerta, el contrario de aquél hacia el cual había de abrirse. Oculta entre las sombras, acechante.

No tardaron en llegar. Al más puro estilo chorizo de barrio y entre risas, partieron el candado haciendo mutua palanca entre ellas con dos llaves fijas.  No habían vuelto a meterse con las tumbas. No sabía qué venían a buscar allí ahora. Quizá tan sólo hacerse alguna foto junto al muerto que habían descabezado. No le importaba.

En el momento en que, tras abrirse chirriante la verja, se adentró el primero de los punkys, pinchó rápida como una cobra y con decisión su cuello en el lateral.

-¡¡Ah!! –gritó el chico sorprendido, al tiempo que daba un salto hacia atrás.

 Salió ella de la penumbra entonces para encararles, siempre dentro del mausoleo. La contemplaron sorprendidos.

-¡Mala puta…! –escupió mirándola con odio el herido, la mano llevada a su cuello para presionar la herida.

 Ella simplemente continuaba observándoles impasible. El pulgar de la misma mano armada colocado sobre la hoja, había impedido que ésta profundizara más allá de lo deseado. Tan sólo había sido un pinchado de aviso, no un apuñalada mortal. Aprendió el truco de una amiga gitana, que le comentó cómo sus primos  hacían uso de él en algunas de sus reyertas.

-¡Te voy a reventar, guarra! –amenazó aquél al tiempo que hacía amago de avanzar, secundado por sus compañeros.


Un gruñido se escuchó entonces procedente de las tinieblas, surgiendo a continuación de entre éstas una enorme figura canina para colocarse a su lado. El morro arrugado para mostrar amenazadora los colmillos, su aspecto terrible. Realmente evocador del Can Cerbero, el mítico guardián infernal.

-Satán… -lo saludó ella acariciando su cabeza, siempre sin perder su mirada segura y suficiente.

Quedaron congelados en el sitio los punkys, abortada al punto su tentativa de avance. La observaron dubitativos. Todos habían escuchado acerca de los cuatro rottweilers que guardaban su chalet. Aseguraban que se trataba de bestias sanguinarias. Auténticos diablos. Su padre los había hecho adiestrar para cuidar de su “princesita”. Princesa oscura. Aquélla no era una mujer normal. Su semblante y mirada, más evocaban los de algún terrible diablo del Averno que los de una hembra mortal. Viéndola ahora, dentro de un panteón y en aquellas circunstancias, casi se tenía la seguridad de que así era realmente.

-Déjalo, Lápidas… -le disuadió el Bernie colocándose a su lado, tras él, con una mano sobre su hombro-. Está loca.


Pareció tambalearse.

-Me siento… extraño… mareado.

Buscó con sus ojos los de ella. Ojos oscuros, como los pozos de la muerte, enmarcados por una lacia y larga melena negra. Piel blanca, como la muerte… Sí, un diablo. Bella diablesa. Tan bella como terrible.

-Esta vez sólo fue una droga narcótica. La próxima la hoja estará impregnada con un veneno mortal.

Claro. La profesión de su padre le permitía el acceso a esas cosas. Se decía que era aficionada al tema y lo conocía bien.

Sintió que le fallaban las piernas, flaqueaba el valor. ¡Realmente estaba loca!

-Haced lo que queráis. El cementerio es grande, hay muchas otras tumbas y panteones. Éste queda fuera de vuestro ámbito. Si alguna vez volvéis a acercaros a él…

No acabó la frase. Su mirada  resultaba suficiente.

-Vámonos chicos. No está bien de la cabeza.

(Continuará...)

viernes, 5 de octubre de 2012

LA FLOR Y LA LUNA III Y FIN (relato de horror)




El equilibrio

Finalmente resultaron sin fundamento sus temores. La niña conocía el secreto de su padre, sí, pero no el del pacto con la Diosa Madre, que éste había considerado debía de celebrar cuando ya fuera una mujer y si ese fuera su propio deseo. Sospechó ésta desde el principio de su madre, y más cuando las investigaciones policiales comenzaron a sacar a la luz evidencias del romance con su chico y muchas cosas más, pero nada se pudo probar nunca.
Tal y como Isabel había temido, llevó a los agentes al lugar. Lo examinaron éstos exhaustivamente, palmo a palmo, con perros y con todo lo que hizo falta, pero no encontraron nada. Ni siquiera ella, totalmente sorprendida, fue capaz de apreciar  rastro alguno de sus actos. El mismo exacto sitio en que Tonet había sido enterrado, se veía ahora tal y como habría permanecido antes de excavar en él.
Había allí mucho más de lo que su marido había llegado a sospechar, pensó la hermosa. Las plantas mostraban una cara a esta realidad y otra a una distinta, tal y como le había asegurado, y no sólo ellas al parecer. A lo visto, el mundo entero giraba allí su rostro habitual para saludar a la luna llena con otro menos conocido. Lo alterado aquella noche, lo había sido en su lado mágico y, vueltos al mundano, todo seguía como siempre en éste.
 Jamás se encontró el cuerpo, ni tampoco la cabeza. Sin cadáver y sin declaración, no hay delito, y ella supo mantener su inocencia a pesar de las presión de los interrogatorios. Isabel salió totalmente impune de su mezquindad. Tal y como había pensado, suya fue la mitad de la hacienda y suya una gran parte de la herencia. Constituyendo la primera la mitad de las ganancias en aquellos dieciséis años de bonanza, el resto se repartió conforme a las leyes, saliendo en definitiva muy bien  parada la bella malvada.
Todos sus planes salieron a pedir de boca. El local fue vendido. Jean-Pierre y ella contrajeron nupcias, y su regalo de bodas para él fue un nuevo restaurante en París. Desde allí, una vez cada dos o tres meses se acercaría al insoportable pueblucho para recolectar sus especias. Todo para mantener a su Adonis junto a ella y seguir sintiendo el calor de su cuerpo, el fuego de sus besos sobre su piel.
La cosa se anunció con todo el bombo y fanfarria. Isabel no reparó en gastos para hacerle feliz, invirtiendo buena parte de su fortuna en el proyecto y su publicidad. La noche de la inauguración, hasta allí se acercaron reputados críticos gastronómicos, famosos, políticos... todo a un nivel muy superior al conocido en el negocio de su ex marido. También en éste habían formado parte de su clientela, sí, pero en el de Jean-Pierre lo hacían exclusivamente, sin lugar a los catetos que cada domingo habían acudido allá con sus familias.
 Tonet nunca dejó de ser el paleto que conoció de niña. Jean-Pierre en cambio era un chico educado en los mejores colegios, refinado y de inclinaciones tan exquisitas y sibaritas como las suyas propias, y eso se notaba en todo. Cuando Carla Bruni la saludó con una sonrisa y dos besos y ella pudo comprobar que su belleza y glamour en nada envidiaban a los de la diosa italiana, Isabel pensó que había alcanzado por fin el Cielo en la Tierra.
Cuando su amado anunció finalmente el plato especial, consistente en una pierna de cordero, especialidad de su padre, realzada con el sabor e las especias de que tanto se había oído hablar en los últimos meses, la expectación fue enorme y el pecho de Isabel se hinchó de alegría al ver la felicidad dibujada en su rostro.
Hasta la mesa de los críticos se acercó un joven camarero portando una bandeja con su campana, lanzando ambas destellos plateados que auguraban prometido esplendor. Depositada en la mesa, todos se aprestaron expectantes para recibir el aroma una vez fuera descubierta. El chico tomó la segunda del pomo y... ¡¡horror!! Todos saltaron atrás, derribando su silla alguno incluso, ante la contemplación del macabro contenido que en modo alguno se correspondía con lo esperado. Allí, mirando sin ver, una cabeza humana adornada con guarnición de verduras. Una cabeza que Isabel conocía muy bien: ¡La cabeza de Tonet!
Las manos llevadas a la cara, mirando con ojos desorbitados tan siniestra revelación, la bella asesina se sintió desfallecer. Alzando la mirada sin comprender, la depositó sobre el camarero tan interrogante como horrorizada, tan sólo para encontrar algo tan sorprendente o más todavía que lo anterior; en su rostro, junto a la sien izquierda, una cicatriz que Isabel reconoció inmediatamente. Una cicatriz que su ex esposo le había regalado a un amigo común en la infancia. ¡La cicatriz de Paquito!
Junto con el secreto de las especias y la Luna, le reveló Tonet la forma en que lo conoció, con la historia de Paquito, su cara y el sello de aquel viejo golpe. Isabel no pudo menos que desmayarse ante la comprensión del horror.

El último beso

Diecisiete años. ¡Habían pasado tan dolorosamente despacio! Diecisiete años entre rejas, sufriendo la insoportable crudeza del presidio. Juguete para las otras presas que, más rudas y habituadas a la violencia, habían disfrutado martirizándola y burlándose de sus  ínfulas de gran dama. Diecisiete años comiendo la comida de la cárcel y bebiendo  vino con gaseosa en el mejor de los casos. Ella, que había compartido mesa con nobles y pudientes, brindando con champagne francés y degustando los platos más exquisitos. Ella, por quien los hombres habían suspirado y hasta entregado su vida, confinada en la insufrible pocilga de la más hedionda miseria humana. Obligada a hacer sus necesidades en sucios e insalubres inodoros, a compartir celda con una mula marroquí y una prostituta rumana, tan ordinarias y poco dadas a la higiene, como refinada y exquisita ella. Diecisiete años...
Una eternidad en el Infierno, una vida que se pierde en la letrina... Sin recibir visitas, sin un abrazo de cariño. Su madre murió con el disgusto, su padre ya les había abandonado antes. Su hermana hacía ya que se había ido a vivir lejos, y ni ésta ni el resto de sus familiares quisieron saber nada de ella después de lo sucedido. Todos habían querido mucho al bueno de Tonet y cuando supieron hasta dónde había llegado su mezquindad, todos le volvieron la espalda.
En todo este tiempo tan sólo Raquel se había dignado acercarse a verla, y tan sólo una vez y para preguntarle por qué. Tras ello, nunca más volvió a saber de ella. Tampoco es que lo hubiera deseado. Era la hija de Tonet. Por supuesto quien la había preñado no había sido aquel patético paleto, pero era su hija. Tenía su misma forma de mirar, de hablar, de sonreír y ver la vida desde la más insidiosa afabilidad...
Isabel la odió. Odió a Tonet por aquéllo en que había parado. Le odió por haberse confabulado desde el más allá para no permitirle la felicidad junto a su joven amante y odió a la niña como recuerdo suyo en el mundo.
La luz de la Luna bañaba su delicado semblante. El tiempo y las circunstancias se habían cebado con su belleza, sin conseguir no obstante hacerla desaparecer. Casi tenía ya sesenta años y seguía siendo una mujer hermosa, si bien para ella habían pasado ya sus mejores días y nunca un apuesto joven volvería a mirarla con  deseo.
Sintió odio contemplando la tumba anónima de su ex marido. Sesenta años... Por su culpa había visto pasar la vida sin vivirla, malgastándola sin exprimirla. Nada le quedaba ya. Demacrada y vencida, ¿qué sueños podría ya albelgar? ¿Qué en su situación hacer, más que prepararse para ver pasar los que le restaban sumida en la más profunda melancolía?
“Tú fuiste más afortunado, Tonet. Mil veces hubiera preferido morir antes que pasar todo este tiempo en presidio.”
Sonrió.
“¿Sabes? Nunca soporté tus manos sobre mi piel. Me estremecía con sólo me tocaras. Intentaba consolarme en brazos de otros amantes, pensando en tus regalos y el lujo con que me rodeabas. Fuiste el más grande de los cornudos, estúpido paleto, y casi toque la Gloria cuando Jean-Pierre me amó. ¡Cómo hubieras podido tú aspirar a compararte con él, pobre infeliz!
Pero te tomaste tu venganza, ¿eh? No podías marcharte al otro mundo y dejarme disfrutar tu dinero en paz, como cualquier otro idiota. Me has hecho perder una vida que valía mucho más que la tuya. ¡Tres veces que hubieras vivido, no hubieras podido comparar tu miserable existencia!
 Pero ¡ah!, aun reiré la última. Aun recuerdo tu mirada aquella noche.  Tu estúpida mirada de estúpido paleto traicionado. ¿Acaso alguna vez creíste que una mujer como yo podría ser tuya realmente? Sí, recuerdo aquella mirada de dolor... ¡y te daré motivos para ella de nuevo, estés donde estés!
Voy a matar a tu hija. Le quitaré la vida al ser que amaste más que a nada y después yo misma me abriré las venas. Abandonaré este mundo con la sonrisa del triunfo definitivo en mis labios. ¡Esa será mi venganza, grandísimo cornudo! ¡Ese mi último beso para ti!”
Sintiendo que no quedaba más por decir, dio Isabel por terminado el mudo discurso y la visita. Sin embargo, al ir a girarse para marchar encontró que algo trababa sus pies. Echándoles una mirada, se apercibió de que habían quedado enredados en aquellas estúpidas matas. Con desprecio tiró de ellos para liberarse, pero parecían más sujetos de lo que había pensado. Irritada volvió a tirar y forcejeó con más fuerza, más y más frustrada por momentos, hasta que fue a perder el equilibrio y dar cuan larga era en el suelo.
“¡Asquerosos matorrales!”
Yendo a coger con sus manos las ramitas para arrancarlas, se sintió sobrecoger al darse cuenta por primera vez de algo que en principio le pasó desapercibido: ¡éstas parecían haber ascendido por su tobillo!
En efecto, si bien al primer momento semejaron enredadas alrededor de la planta, ahora llegaban hasta el tercio inferior de su pantorrilla, en aparente ascensión en torno su pierna. Con horror, comenzó a tirar con más fuerza, no ya irritada o frustrada, sino realmente aterrorizada.
Presa de la más pura desesperación, fue testigo de como el vegetal abrazo continuó su ascenso y de como una de aquella florecillas fue aumentando amenazadoramente su tamaño hasta poder equiparse al suyo propio y aun rebasarlo, convertida en ciclópea campana violeta.
 Gritó y pidió auxilio con toda la fuerza de sus pulmones, pero no obtuvo más respuesta que el eco en la distancia. Bajo las estrellas y ante la solemne presencia de la luna llena, sintió el puro pánico al ser engullida por la monstruosa flor para continuar debatiéndose después dentro del capullo cuando se cerró. Presa del horror, fagocitada en vida.

Epílogo


-Mira Antoñito,  éste es el lugar. Recuérdalo y nunca le reveles a nadie el secreto, salvo a aquéllos que tu corazón te señale dignos de compartirlo.
-¿Y éstas son las flores, mamá?
-Sí y no, cariño. Ésta es la cara que muestran a esta realidad, pero vuelven otra hacia los mundos mágicos. Y ésa sólo la conocerás si un día decides establecer tu pacto con la Diosa Madre.
-¿El que te enseñó el yayito?
-Sí... el que me enseñó el yayito.
Raquel sintió humedecerse sus ojos al recordar el día en que su difunto padre se le presentó para acabar de revelarle lo que no pudo en vida.
-¡Pero basta de tristezas! Recuerda las plantitas son diecisiete.
-¿Por qué diecisiete?
-No lo sé cariño –respondió al niño con una dulce sonrisa. –En realidad tampoco estoy segura de que sean sólo diecisiete. El yayito tan sólo me enseñó dieciséis, la otra la descubrí yo una noche de luna llena. La recuerdo perfectamente porque  fue poco después de que nos avisaran de que la yayita había salido del... hospital y esperábamos su visita.
-¿Y por qué no vino? ¿Dónde está ahora?
-No lo sé cariño –contestó con tristeza- La yayita era una persona extraña. Nunca fue feliz con nosotros. Estuvo mucho tiempo... malita y cuando se puso bien y salió del hospital, desapareció y nunca volvimos a saber de ella. La dieron por muerta con el tiempo y heredamos su patrimonio, pero yo sigo sintiéndola cerca, como si de alguna manera siguiera con nosotros. Quizá algún día reaparezca –opinó finalmente, apreciando una de las florecillas del decimoséptimo tipo, el descubierto por ella. Una florecilla violeta con forma de campana.
Diecisiete especies. Con sus machos al pie del barranco, donde “anhelantes y enamorados, miran eternamente hacia arriba, allá donde sus bellas amadas sueñan con la Luna ajenas a ellos y sus deseos.”

FIN



viernes, 28 de septiembre de 2012

LA FLOR Y LA LUNA II (relato de horror)





El pacto

Debía estar loco. Necesariamente debía estarlo para estar haciendo aquéllo. En la oscuridad de la noche el paisaje adquiría tintes de misterio, diríase siniestros incluso, bajo la plateada luz de la excelsa diosa Selene que todo lo bañaba derramando sobre el mundo su nacarado manto de irreal ensoñación.
Atrás había quedado la vieja casita de piedra, abandonada tanto ha. ¿A quién había servido de refugio? ¿Quién en otro tiempo pudo vivir en lo alto de una montaña, obligado a subir y bajar sus laderas cada día? Las piedras de sus otrora sólidos muros iban ahora amontonándose a sus pies, cediendo al tiempo en la batalla que siempre éste acaba ganando y guardando para siempre los secretos de las venturas y desventuras que presenciaron.
Secretos... ¿cuántos conocería el mundo? ¿Cuántos habría conocido? ¿Cuántos habría de conocer? Si uno se paraba a pensarlo, casi llegaba a la conclusión de que desconocemos mucho más que lo que conocemos acerca de las cosas que nos rodean. Todo parecía tener una doble cara que asomaba a una realidad velada, ignorada pero siempre presente.
El hombre con que habló aquel día en el restaurante era Paquito. Estaba seguro. Resultaba una locura pensarlo, pero esa así. Podía tener una cara distinta, sí, pero cuando te has criado con alguien y has conocido todas y cada una de sus expresiones, gestos, palabras, reacciones... cuando has conocido a alguien así, nadie te puede hacer creer que es él sin serlo.
Paquito estaba muerto, o quizá no. Quizá tan sólo encontraron un cadáver sin rostro reconocible. Quizá decidió dejar que creyeran que era él por algún motivo. O quizá había algo mucho más tenebroso. ¿Podían los muertos comunicarse con los vivos? ¿Podían siquiera hacer algo más allá de criar malvas y gusanos en sus tumbas? “¡Bah!”, se decía sacudiendo la cabeza. Algún día todos conoceremos la respuesta a esas preguntas. ¿A qué calentarse la cabeza con ellas pues? Lo único que ahora importaba era dar una respuesta a al enigma creado por la visita que recibió aquel día.
Probablemente no encontrase allá donde iba más que matorrales y piedras dispersas, pero al menos le serviría para cerciorar si él mismo comenzaba a delirar o si por el contrario... ¡Qué coño! ¡No perdía nada por intentarlo! Si acaso, casi no se atrevía a pensar en ello por temor a la posterior desilusión, fuera verdad lo que le contó... si realmente llegara a tener una oportunidad con Isabel...
Finalmente llegó a su destino.  Desde allá arriba, echó una mirada atrás hacia aquella otra cima en que quedaba la vieja casita de piedra, tan lejos la colina en que ahora se encontraba de ella, como aquélla del pueblo y la gente... del mundo. Casi se tenía la impresión de haber abandonado este último a través del tiempo y el espacio para acceder a lo que debió ser en otra época, a un lugar donde la irrealidad se hacía esencia y uno se sentía sujeto a leyes que no eran las que regían en el día a día.
Bajo la luz de la luna llena, caminó por la pequeña explanada en busca del barranco que le habían descrito. No le costó encontrarlo. Ni las plantas anunciadas tampoco. Matas de tomillo, romero... especias diversas que bien conocía y nada tenían de especial, con sus ramitas en flor adornando su verde natural.
“Al mundo muestran una cara que no es la suya verdadera” le había asegurado Paquito, “ volviendo la suya verdadera hacia las mágicas dimensiones que están y no se perciben”.
Al borde mismo del abismo, echó una mirada allá abajo. Bajo la espectacular y romántica iluminación, se amontonaban a sus pies muchas más de éstas, si bien en su caso sin flor y con aspecto más basto y rudo.
“Son los machos de la especie que, anhelantes y enamorados, miran eternamente hacia arriba, allá donde sus bellas amadas sueñan con la Luna ajenas a ellos y sus deseos.”
Los machos que anhelantes miran eternamente hacia arriba para adorar a sus hembras... como él mismo. Todo allí era una alegoría a su propia situación. Pensó en Isabel. Tan bella, tan cautivadora...
 “Tonet... ¿estás seguro de aquéllo que deseas?”
No se trataba de una voz en el aire. Ni siquiera en su cabeza. Más bien era como algo que se deslizaba dentro de ella, proveniente de todos sitios. De las plantas, del viento que silbaba en sus oídos y agitaba sus cabellos, de la Luna, las estrellas... “La Diosa Madre”, pensó. “La Naturaleza me habla, como aseguró Paquito que ocurriría.”
Recordó también sus otras palabras. Aquéllas que le advirtieron acerca de la belleza y su naturaleza. “Las cosas obedecen a un orden. La Naturaleza es armonía. Lo estridente la desagrada y ante ello siempre tiende a recobrar su equilibrio. Si esa mujer no es para ti y la alcanzas, las leyes inmutables harán su trabajo para restablecerlo.
La belleza llena el espíritu a través de la vista, pero no tiene por qué colmarlo en otros sentidos y a menudo contribuye a alterarlo por otros cauces.”
¡Bah, palabras! Si se detenía a pensar en ellas, carecían de todo sentido práctico. Meras divagaciones filosóficas que no conducían a ningún lado. Lo que debiera ser, sería. Los hombres no pueden andar preocupados por lo que sus actos pueden deparar, pues es especular sobre el futuro, y sobre el futuro nadie sabe nada. Deseaba a aquélla mujer. Si había alguna posibilidad de conseguirla, suya habría de ser. Y el tiempo diría lo demás.
Procedió entonces en la manera que su viejo amigo le había indicado, estableciendo un pacto con la Diosa Madre que habría de mantener hasta el fin de sus días, guardando el secreto ante todos, salvo aquéllos que su corazón señalara dignos de compartirlo.

El éxito

Las cosas fueron tal y como Paquito había prometido. Establecido su pacto con la Diosa Madre, las plantas mágicas mostraban para el su verdadera cara en aquella colina una vez al mes, con la luna llena. Flores distintas, hojas distintas... distintos sabores distintos a cualquier otra especia conocida. Hasta dieciséis de ellas que hicieron de él un cocinero célebre y adinerado. Buscó bien Tonet por si hubiera alguna más, pero fue tal y como su viejo amigo afirmó. Dieciséis. Ni una más, ni una menos, que para todos salvo él mantenían su apariencia engañosa, no obstante permitirles apreciar su sabor.
La fama de sus guisos se extendió como la espuma. Su restaurante pasó a ser famoso en el país. Hasta él llegaba gente de todas partes ansiosa por probar los sabores que tanto estaban dando que hablar. Ganaba premios de gastronomía y los jueces hablaban maravillas de sus platos. Siempre él guardando su secreto, por supuesto, tal y como prometió aquella noche en la montaña bajo la luz de la Luna.
El funcional Ford Scort dejó paso al lustroso Mercedes, al tiempo que el local hubo de someterse a reformas para ampliar su capacidad. Todo comenzó a ir viento en popa para el bueno de Tonet y eso, claro, no podía ser algo que la bella Isabel pasara por alto.
De repente, su viejo compañero de infancia cobraba a sus ojos un atractivo recién adquirido. Nadie se vaya a engañar. No era ciertamente que la hermosa pensara en él de forma interesada únicamente. No, se trataba de algo más profundo. Más bien del magnífico brillo que acompaña a los triunfadores y tan seductores los hace a ojos de las féminas. De repente, el nivel de su clientela se había elevado espectacularmente. Adinerados empresarios, políticos, actores, cantantes... hasta muchos de los famosos de las revistas se acercaban hasta allí y en las paredes podían verse fotos enmarcadas de Tonet posando con Jose María Aznar, Jaime Cantizano, Isabel Preysler...
Evidentemente, tal fulgor no podía dejar de deslumbrar a la superficial Isabel, que en breve se vio saliendo con el hombre del lugar. Tratando con su clientela, intimando con ellos. Gente como Judit Mascó y David Bisbal preguntaban por ella cuando se acercaban hasta allí y hasta la invitaban a su casa.
Apenas dos años después de que todo empezara, contrajo nupcias finalmente con Tonet. Ninguna duda albergaba su corazón acerca de su deseo y no titubeó a la hora de dar el “sí quiero”. ¿Qué más podía desear una chica? Tonet se desvivía por ella, colmándola de atenciones y regalos. Joyas, pieles, fabulosos vestidos de los más  prestigiosos diseñadores...
Su boda se celebró en el restaurante, su luna de miel en París y cuando poco después anunciaron su estado de buena esperanza, recibió felicitaciones y parabienes de gente cuya realidad hasta entonces, para ella se había limitado al papel couché y la imaginación.
Pero el tiempo se encarga de bajar a los soñadores de sus nubes, y de mostrar que los precios que al pronto semejan baratos, a menudo no lo son tanto. Con los años, la cosa fue trayendo la rutina y la concepción de aquéllo a que realmente había accedido.
A pesar del dinero y el éxito, Tonet seguía siendo el cocinero de pueblo que conoció desde niña. El pobre comía en la mano de Isabel, que hacía con él lo que quería. Poco le costó convencerlo para trasladar el local a la capital y su residencia a un lujoso chalet de una lujosa zona residencial, pero, al igual que diría Victoria Beckamp, a ella le seguía oliendo a ajo.
Todo el mundo de glamour con que había soñado, se vio subordinado a los fogones y torpes maneras de quien perdía su vida por ella, pero no conseguía llenar la suya por más que pusiera todo lo que tenía en ello.
Su hija creció. Una criatura en realidad no especialmente deseada, al menos por su parte, que fue consecuencia necesaria de su matrimonio. Isabel pensó en su momento que sería la mejor manera de afianzar su posición. De mutuo acuerdo, dejó de tomar la píldora. El resultado fue una hermosa niña que ella vio crecer sin excesiva emoción ni entusiasmo, y tras ella no accedió a tener más hijos si pena de arriesgarse a perder su soberbia figura.
No era Isabel una desalmada, tampoco eso. Simplemente su vida fue cayendo en una profunda apatía, aspirando a un mundo de glamour que siempre quedaba por encima de su realidad, lastrada por un marido que cual robusta ancla la mantenía sujeta a sus raíces.
La chiquilla adoraba a su padre, y éste a ella. La relación entre ambos se fue fortaleciendo y afirmando al mismo tiempo que enfriando la que mantenía con su madre, un tanto desplazada y fuera de sitio.
Cuando la mocosa pasó a adolescente, la cosa fue a peor todavía. Isabel sentía que pasaba el tiempo. Ya con catorce años, nada podía ser más evidente que la constatación de que había heredado la belleza de su progenitora, realzada además por la espléndida cabellera dorada regalo del azar y la fortuna genéticas. Sus negros cabellos contrastando son los rubios de la niña, veía su hermosa mirada verde en los ojos de su hija, que replicaba su beldad con los nuevos ánimos de la juventud.
A sus cuarenta y tres años, Isabel seguía siendo una mujer hermosa. Muy hermosa. No obstante, era consciente de cómo la muchacha se encaminaba hacia lo que ella había sido, de la misma manera en que ella misma se alejaba. Se hacía vieja, lo notaba. Aun era una mujer joven sí, pero ¿por cuánto tiempo más?  El tiempo pasaba y su existencia se consumía sin vivir lo que su corazón anhelaba. Su hermosura que tan soberbia y digna aguantaba el paso del tiempo, comenzaría a languidecer algún día, a no mucho tardar ya. ¿Qué sería entonces? ¿Qué, ya de anciana, lamentar una vida que no se ha llenado cuando ya se prepara la despedida?

La traición

Para aquel entonces la bella Raquel comenzó a salir con un apuesto joven. Un atractivo muchacho, francés de origen e hijo de algún reputado gourmet del país vecino. Llegado acá intrigado por la fama de los guisos de Tonet, no pudo evitar quedar deslumbrado por la belleza de su hija tanto o más que por el sabor de éstos.
El dulce Jean-Pierre era un muy guapo mozo. De negros cabellos ondulados y verde mirada color aceituna. A pesar de ser veinte años mayor, no fue la edad obstáculo para que Isabel reparara en él. Al evidente atractivo físico, sumaba el muchacho todo lo que ella podía encontrar atractivo en un hombre. Vástago de hombre adinerado, crecido en un ambiente cuyo refinamiento y glamour había impregnado su naturaleza. Cultivado, viajado, conocedor de mundo... sabedor de cómo tratar a una mujer. Isabel veía a través una nube de envidia cómo su hija recibía las atenciones de galán cautivador como jamás ella conoció.
Jean-Pierre había venido a España con dos claras intenciones. Una, comprobar lo que se aseguraba de los platos de aquel famoso cocinero. Otra, si era cierto ello, hacerse con el secreto de sus especias. Planeaba él independizarse de su progenitor montando su propio restaurante, y ellas serían la garantía de un éxito asegurado.
Lo de Raquel fue añadido. No empezó a salir con ella por interés. Ciertamente la muchacha era preciosa, tanto como el verde de la floresta en primavera. Su visión había bastado para cautivarle, pero se unía a su belleza el hecho de ser hija de quien era, y ello resultaba circunstancia que no podía dejar él de intentar aprovechar. Si pudiera volver a Francia con dos maravillas en lugar de una...
Pero la muchacha no resultó fácil de convencer. A pesar de su cándida apariencia y dulzura, también de su madre portaba la firmeza y fuerza de carácter. Aun sabiendo Jean-Pierre que estaba en el secreto de su padre y a pesar de intentarlo todo, por activa y por pasiva, para que accediera a compartirlo con él, hubo de resignarse finalmente a claudicar y darse por vencido ante la rotunda e inamovible negativa de la joven.
Sin embargo, una batalla no hace la guerra y a menudo, cuando no se puede invadir una posición desde un lado, puede atacarse desde otro con éxito.
Jean-Pierre era consciente de cómo le miraban las mujeres. Y era consciente de cómo le había mirado Isabel desde el primer momento. Completamente. En sus brazos su bella suegra gritó de placer como nunca lo había hecho, profanando juntos el templo de su cuerpo en traición conjunta a su marido y su hija.
Poco le importaba a Isabel. De haber buscado en su conciencia, escaso saldo fuera el que hubiese hallado. Para entonces ya ni sentía ni padecía en relación a su familia, y sí en cambio en contacto con el caliente y joven cuerpo varonil.
Lo que no quiso entregar la hija, presta estuvo a hacerlo la madre. Más, ¡ay!, no estaba ella en el secreto como aquélla. Más interesada en lo que éste aportaba que en el propio secreto del éxito de su esposo, nunca se había preocupado ella especialmente por conocer su fundamento. De haberlo hecho, ni siquiera hubiera sabido como aprovecharlo, así que ¿para qué?
Sin embargo, ahora la cosa era distinta. Aquel joven con edad para ser su hijo y virtudes para ser su amante, le hablaba con su arrullador acento francés de una vida en París a su lado, sumergidos en el brillo dorado del champagne y el glamour de la alta sociedad. Mucho más de lo que un pueblerino de esencia podía ofrecer. Mucho más que aquéllo a lo que estaría dispuesta a renunciar por el respeto debido a la que era carne de su carne.
“-¿Me llevarás contigo?” -había preguntado ella.
“-Por supuesto, ma reine” -había respondido él.
Si bien no fresca y joven como la hija, ciertamente la madre no era menos hermosa y, al menos por unos años, sería una compañera ideal, llave además de su éxito.
“-¿Esto es querer a una persona para ti?” –recriminó Isabel a su marido ante su reticencia a revelarle su secreto.
 –“¡La niña lo conoce desde que era una mocosa y a mí no quieres contármelo! Eso no es amor, Tonet. Tú no te enamoraste de mí, te enamoraste de mi belleza. Tan sólo de ella.
-No digas eso, Isabel. Sí, no puedo negar que lo primero que me atrajo de ti fue eso, pero sabes que nadie te ha adorado como yo. Desde que éramos niños ha sido así y así sigue siendo. Y sabes que un sentimiento así no puede nacer de la simple admiración por la belleza.
-¡Palabras! Palabras bonitas nada más, pero no me das nada en que pueda confiar.”
Y era cierto. En realidad lo era, Tonet lo sabía. Su pacto le obligaba a guardar el secreto ante todos salvo quienes su corazón le dictara dignos de compartirlo. Y su corazón latía y se desvivía por su mujer. Por ella habría dado la vida, pero considerarla digna de compartir el secreto de la Diosa Madre... Tonet recordaba perfectamente las palabras de Paquito acerca de la belleza y su superficialidad. “La belleza es el alimento del alma, pero su virtud no va más allá  de ella misma” le había dicho. “Los diamantes las esmeraldas, los rubíes... su belleza es magnífica y nos deslumbra, pero no son más benígnos que la más común de las piedras, y desde luego no son más fieles.”
No, no eran más fieles. Aquel día, hacía ya dieciséis años, su amigo le advirtió que la Diosa siempre tiende a la armonía y que el equilibrio alterado debe ser recuperado. También que aquella mujer no era para él.
Tonet tenía miedo de perder a Isabel. Bien sabía él que el único motivo que había permitido su conquista había sido su éxito como cocinero, que a su vez tenía por único fundamento aquellas florecillas silvestres que una vez al mes recolectaba bajo la luz de la Luna. ¿Qué sería de conocer Isabel su secreto? ¿Sería capaz de continuar tras ello al lado de un simple pueblerino?
Tonet no se engañaba. Sabía que su mujer no era feliz con aquella vida. Sabía que durante todos estos años había soñado con algo más. Sabía de eso y de sus continuas infidelidades, sí pero la cuestión era si más allá de ello, su corazón la sentía digna o indigna de tal conocimiento. Más aun, ¿era digno él de ella? ¿Tenía derecho a obligarla a permanecer a su lado bajo aquel chantaje de esplendor?
Tonet tomó su decisión. Lo que habría de ser sería, ¿a qué marear la perdiz? Si Isabel decidía abandonarle tras conocer su más íntimo secreto, al menos guardaría de ella para siempre los años pasados juntos y la criatura que le había regalado y era hoy la luz de sus ojos. ¿A qué engañarse? Sus genes jamás podrían haber participado en la concepción de tan hermoso ángel, no había que ser demasiado listo para darse cuenta de ello. Como decía una tía suya cuando era niño, “de los huevos de un pastor, no puede salir un señorito”.
Sí, Isabel no había sido un modelo de virtuosidad pero, con todo, le había dado todo lo que era capaz de dar a alguien como él, y la niña había sido el mayor premio de su vida. A pesar de saberla no suya, la quería tanto o más que pudiera querer el más amoroso de los padres a su hija verdadera y siempre le estaría agradecido a Isabel por ella y por todo lo demás.
Fue una noche de luna llena, como cualquier otra de las que hasta allí se acercaba. Tonet le explicó a Isabel el secreto de las dieciséis especies, así como el del pacto con la Diosa Madre que allí mismo, aquel día y al borde de aquel barranco, ella estableció para el resto de sus días.
Todo vino a ocurrir en un momento. Ciertamente Isabel no lo había planeado. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza, pero hay veces en que el Diablo sale al camino sin ser llamado. Veces en que el gran cornudo nos muestra su sonrisa engañosa y embaucadora, empujándonos hacia el Destino con la fuerza de la fatalidad.
Tonet se inclinaba a la orilla del abismo recogiendo sus especias mientras le explicaba su uso. Isabel pensó lo que pensó. Ya tenía cuarenta y tres años. ¿Cuántos podría retener a su lado a Jean-Pierre? Aun era una mujer hermosa, pero el reloj biológico había rebasado ya la media esfera y su belleza iría a menos cada día, martilleada por los inmisericordes puños de la edad y el tiempo.
El secreto de las especias y la luna llena le permitiría ganarlo, sí, pero... ¿conservarlo? ¿Quién le garantizaba a ella que, más joven y hermosa, no conseguiría finalmente convencer el apuesto a su bella hija para que con él lo compartiera? Sobre todo tras haber abandonado ella a su amado padre. Raquel la odiaría.
Tonet no le pondría fácil el divorcio. Sin embargo estaban casados en régimen de gananciales. Si algo le pasara, le correspondería la mitad de todo lo conseguido desde que se casaron y lo que determinara el reparto de la herencia. Mucho más de lo que le correspondería a la niña. Con ello podría comprar tiempo. Jean-Pierre soñaba independizarse de su padre y abrirse su propio camino hacia el reconocimiento como gourmet. Con  todo ese dinero podría comprarle un local, acondicionarlo...  No podría ofrecerle tanto la niña. El joven y hermoso Jean-Pierre se vería obligado a permanecer a su lado, al menos por bastantes años. Luego... lo que habría de ser sería.
 Isabel sólo tuvo que empujarle. Con una mirada que más reflejó incomprensión ante tan inesperada traición que miedo o sorpresa, el bueno de Tonet cruzó la línea que separaba el suelo firme del vacío, la vida de la muerte, el último día de la eternidad.
Con un grito que más fue de tristeza y dolor que de terror, cayó de espaldas al abismo. No se revolvió en el aire como quien se rebela a su destino, sino que hasta el fin reventado contra las piedras al pie del barranco, permaneció su mirada fija en la de su amada allá arriba. Como la de los machos de las dieciséis especies que, “anhelantes y enamorados, miran eternamente hacia arriba, allá donde sus bellas amadas sueñan con la Luna ajenas a ellos y sus deseos”.
Hasta el mismo final, todo allí fue una alegoría de su propia situación. “Los diamantes, las esmeraldas, los rubíes... su belleza es magnífica y nos deslumbra, pero no son más benígnos que la más común de las piedras, y desde luego no son más fieles.”.
No, no son más fieles. Dicen que cuando sabes que vas a morir, toda tu vida pasa ante ti en un instante. Y toda la su vida había sido Isabel.
Tonet murió aplastado por la gravedad al pie del barranco. Tal y como aquel día asegurara Paquito, hubo de pagar el precio de la belleza. Desde arriba, Isabel miró su cuerpo, sintiendo una extraña sensación a camino entre la confusión, el dominio y la liberación. A la luz de la luna, yacía tumbado sobre su espalda y sin cabeza, decapitado por el filo cortante de alguna roca. Todavía no comprendida la real dimensión de su acto, rompió a reír al borde de la crisis nerviosa.
Isabel enterró el cadáver allí mismo. En su acto irreflexivo, no calculó las circunstancias ni las posibles consecuencias. Cuando comenzaran a buscarle extrañados por su falta, Raquel llevaría allí a la Policía, sabedora de que en noches como aquélla era su destino. Encontrarían el cuerpo. Bien se encargó de esconderlo ella, yendo a buscar lo necesario para cavar un profundo hoyo y volviendo allí a continuación, pero la tierra removida no pasaría desapercibida, y además no consiguió encontrar la cabeza. Por más que buscó y rebuscó, hubo de darse finalmente por vencida y regresar a casa con el alma en un puño, preguntándose cómo sería la vida en la cárcel y si podría sobrevivir a tal experiencia alguien como ella, que había nacido para el lujo y el glamour.

(Continuará)

viernes, 21 de septiembre de 2012

LA FLOR Y LA LUNA I (relato de horror)

       “Los diamantes, las esmeraldas, los rubíes... su belleza es magnífica y nos deslumbra, pero no son más benignos que la más común de las piedras, y desde luego no son más fieles. Tampoco menos, pero todos los desean y van de mano en mano, cediendo su esplendor al que puede comprarlo.”

     “Belleza no implica bondad, ni tampoco capacidad para hacerte más feliz. A menudo incluso hace voluble y caprichosa a la bendecida con su don. Las flores siempre crecen hacia el sol. La misma esencia de lo bello, es seguir al esplendor.”

     “La flor y la Luna” es una historia de magia -onda wiccana-, amor no correspondido y horror que te cautivará.


...............................................




Diecisiete años

Isabel contempló la caída al pie del barranco desde su privilegiada posición en las alturas. Seguía sintiéndose la misma sensación de dominio y poder que entonces. Diecisiete años... como quien decía una vida. Sus recuerdos parecían tan lejanos... Con seguridad podría haber creído pasados muchos más de no ser por la conciencia, dolorosa conciencia, del tiempo computado oficialmente. Y nada parecía haber cambiado, ni siquiera aquellas estúpidas florecillas a sus pies.
La luz de la Luna bañaba serena su hermoso semblante, cubriéndolo de plata y magia igual que aquella noche. Contemplándola, una casi podía llegar a creerse en presencia de mudo y eterno testigo, tan presente como ajeno a los devenires del género humano, cual aburrido trasnochado en un cine de verano. ¿Cuántas cosas habría visto? ¿Cuántos secretos guardaría su nacarada omnipresencia? Con seguridad habría podido contarle cosas que ni ella misma conocía y ya para siempre quedarían ocultas por el más impenetrable secreto, aportando las piezas que aquel demencial puzzle ya nunca encajaría. Diecisiete años...

Un viejo amigo

-¿Qué tal sigue el país Isabel?- preguntó Tonet con simpática socarronería.

-Bueno, como siempre –le respondió ella sin prestarle apenas atención, tan indiferente al bonachón propietario del restaurante como realmente al contendido del diario.

 Isabel soñaba con salir algún día de allí para conocer mundo. París, Londres, Nueva York... todas las grandes ciudades para vivir en las cuales ella estaba echa y de las que una broma del destino había querido mantenerla alejada, llevándola a nacer en un mísero pueblucho. A ella, que seducían las joyas, el glamour y el encanto de la metrópoli. Algún día abandonaría todo aquéllo para nunca volver a mirar atrás, y entretanto dejaba divagar su mente sobre las páginas del periódico y todas aquellas cosas que le hablaban de ese mundo más allá de las fronteras del suyo de paletos y gente de pueblo, con más interés real en el contexto que en las noticias que en él se ubicaban.

El bueno de Tonet se la comía con  los ojos. Ella lo sabía y soportaba con la misma indolencia y apatía que deparaba al resto de lugareños. Varias habían sido las ocasiones en que se le había declarado solicitando sus amores, la primera en allá en el patio del colegio, cuando todavía eran unos críos, pero no estaba echa la miel para la boca del cerdo y ella, que indiscutiblemente era y con mucho la flor más hermosa de aquel insoportable corral de vacas, jamás habría podido salir con alguien así.

Ciertamente lo había echo con algún muchacho del lugar, así como con otros de otras localidades y hasta de Alicante. Como cualquier joven de su edad, tenía sus necesidades y las había del tipo que sólo puede satisfacer un potente cuerpo masculino, pero habían sido las tortas a falta de pan y, en cualquier caso, mucho menos catetos que el pobre Tonet.

 Se le hacía insufrible cuando empezaba con sus tonteos, pero igualmente simpático y entrañable tras haber crecido juntos con los otros mozos del pueblo, lo cual le llevaba a pasar por allí cada mañana cuando, camino del trabajo en Ibi, paraba en su restaurante a orillas de la carretera que separaba a éste de Castalla para tomar un café y una tostada.

Se escuchó el sonido de las campanillas al abrirse la puerta. Isabel giró la cabeza mecánicamente para encontrar a un autostopista entrando al local, de aspecto un tanto deplorable, casi de vagabundo. Hubo de reprimir una expresión de aprensión en su bonita cara, que no obstante se reflejó en su mirada.

-Buenos días- saludó el hombre.

-Buenos días –respondieron ella y Tonet.

También éste lo encontró desagradable, pensando por un instante si decirle que no era adecuada su presencia en tales circunstancias en el local y que por ello no podía atenderle, pero hacía frío fuera y se compadeció, incapaz de negarle al menos un café caliente a quien debía haber pasado la noche caminando a la intemperie. Además Isabel hizo ademán para cerrar el periódico y dejarlo sobre el mostrador, evidenciando que daba por finalizado su desayuno.

-Dime cuanto te debo Tonet.

-Nada guapa, invita la casa.

 Y ella lo sabía. El requerimiento era tan vano como formal. El zampo de Tonet bebía los vientos por ella y nunca le cobraba, pero su orgullo le impedía arriesgarse a pasar por gorrona y siempre pedía la cuenta, aun a sabiendas de lo que había. Luego, una o dos veces a la semana, pasaba por allí a comer y entonces sí pagaba. No porque él no hubiera igualmente insistido en no cobrarle al principio, sino porque su dignidad le había llevado a insistir aun más en lo contrario, alcanzando finalmente aquella especie de pacto implícito entre ellos que dejaba en tablas las cosas.

-Bueno, me voy. Hasta mañana Tonet.

-Hasta mañana guapísima.

 Se quedó él mirando el fabuloso culo de la hembra enfundado en su ajustada falda negra mientras se alejaba hacia la puerta. ¡Pero qué buena estaba la cabrona!

-Sigues perdiendo el seso por ella, ¿eh Tonet?

Miró molesto al autostopista.

-¿Nos conocemos caballero?

-¡Oh, ya lo creo que sí!- contestó para su sorpresa.

 Había pensado que se trataba tan sólo de un descarado viajero apuntando lo obvio. Extrañado, lo observó ahora con más atención, revelando su mirada su incapacidad para recordar.

-Esta cicatriz te ayudará- aseguró llevando uno de sus dedos a su sien derecha para señalar la que allí lucía.

La expresión en su cara se tornó incrédula, a la par que emocionada.

-¿Paquito...?

Aquella señal era inconfundible. Él mismo se la hizo de un puñetazo cuando eran niños, y  conocía su forma y situación desde entonces tan bien como su reflejo en el espejo.

El hombre sonrió.

-¡Pero tío...! ¡Venga un abrazo!- exclamó a la vez que salía de la barra para llevar al hecho su efusiva propuesta.

-¡Cuánto tiempo macho! –apreció ya estrechándolo entre sus brazos- ¿Qué ha sido de tu vida?

Sintió que quizá no debiera haber preguntado aquéllo. Paquito no había sido un chaval demasiado afortunado. De niño perdió a su padre en un accidente de tráfico y ya de muchacho, a su madre cuando fue ingresada en el psiquiátrico. Fue precisamente a consecuencia de ello que decidió abandonar el pueblo, hacía ya cosa de diez años, y desde entonces nada habían vuelto a saber de él. Se dijo que se había alistado en el ejército y después que estuvo dando vueltas por Europa, trabajando en ésto o aquéllo, lo que salía. Siempre rumores, nada concreto.

-Bueno, no me ha ido mal del todo. Unas veces mejor, otras peor... No te dejes engañar por mi aspecto ¿eh? Llevo semanas haciendo dedo y durmiendo donde sale.

-¡Ja, ja, ja!- rió animado y feliz de reencontrar a su amigo Tonet, a la vez que volvía dentro del bar. –Venga, que esto hay que celebrarlo. ¿Qué quieres tomar? Invita la casa.

-Vaya hombre, se agradece. Ponme una cervecita, me vendrá bien.

-¿Botella o barril?

-Lo que más rabia te dé.
Tonet rió entredientes.

-Escucha Paquito... –comenzó a decir algo más serio mientras accionaba la palanca del grifo- no sé si preguntártelo...

La expresión del hombre se tornó socarrona.

-¿Qué ha pasado con mi cara?

Tonet reveló un gesto ahora como del de quien se disculpa ante una torpeza. En efecto, era precisamente aquél el tema por que quería cuestionarle. A pesar de que la cicatriz resultaba inconfundible y también su voz una vez reconocido, su rostro no era en absoluto el de su amigo de la infancia.

-Tuve un accidente de moto. Sin casco. Una mala cosa, me dejé la jeta en el asfalto. Lo que ves es el resultado de varias operaciones de cirugía estética.

-¡Oh vaya! Lo siento.

-Bueno, no lo hagas demasiado. La verdad es que ni la de antes era para echar cohetes, ni la de ahora tampoco.

-¡Ja, ja, ja!- rieron.

-Toma- le tendió la jarra ya llena.

-Gracias.

Dio un sobo y se miraron.

-No me has contestado.

-¿A qué?

-A mi pregunta. Sigues coladito por ella, ¿no?

-¡Ah, eso! Sí bueno, ya sabes... ¡Está que se rompe la cabrona!

-Sí, es cierto. Y además parece que ahora todavía está más buena.

-¡Vaya!

-Recuerdo que nos llevaba locos a todos. ¡A quién no!

Tonet asintió con un gesto de total aprobación.

-Y también recuerdo que a ti te seducía más que a nadie. A todos nos ponía burros, pero lo tuyo con ella era algo especial.

Ahora se sintió un tanto incómodo, como quien se ve forzado a reconocer algo evidente pero que no se desearía lo fuera tanto.

-Esa pava no es para ti, Tonet. Es demasiada mujer para gente como nosotros.

-Ya... –admitió sin contradecirle.

 Paquito tenía razón. Era algo que a nadie se ocultaba que Isabel era hembra de muy alto calibre y aun más altas aspiraciones, de las que no se conforman con un simple pueblerino. Negarlo sería estúpido y también pretender estar a la altura.

-Pero no te la quitas de la cabeza, ¿eh?

Volvió a asentir, ahora en silencio.

-Tonet, para que una mujer como esa se fije en ti, tienes que ser un guaperas de capital, con la cartera llena y un BMW en la puerta.

-Está claro.

-Lo único que te daría una posibilidad sería convertirte en un triunfador.

-Ni eso creo yo. Como has dicho, a ella le van otro tipo de pavos. No los pueblerinos, sino gente de caché que la lleve a buenos restaurantes y hoteles. No tengo nada que hacer.

Paquito se compadeció de su amigo. Debía ser muy cruel eso de tener ante sí la fuente el sediento y no poder alcanzarla.

-Bueno, tampoco te pongas tan extremo. Si triunfaras lo conseguirías.

-¡Qué va! Y aunque así fuera, ¿cómo voy a triunfar? Tú lo has dicho. No somos Brad Pitt, pero tampoco Mario Conde. Ni siquiera terminamos la ESO. ¿En qué puede triunfar gente como nosotros?

-Bueno, eres cocinero, tienes un restaurante... ¿No ha triunfado gente como Arguiñano?

Tonet hizo ademán de verse sobrepasado.

-Paquito, no flipes tío... hay lo que ves. No soy un genio de la cocina. Tan sólo alguien que ha aprendido a apañárselas con los fogones para salir adelante. Hago paellas, gazpachos, menús... no cocina de alto nivel, ni ésto es un restaurante de cinco tenedores.

Paquitó resopló, a la vez que parecía dudar acerca de algo.

-Bueno, quizá en eso yo pueda echarte una mano.

-¿Una mano?- preguntó extrañado. ¿A qué se podía referir?

Por su parte el hombre parecía ciertamente sujeto a tenso debate interior.

-Escucha, Tonet... ¿recuerdas a mi madre?

-Claro... oye Paquito, siento mucho lo que ocurrió- se apresuró a transmitirle su apoyo.

-Gracias Tonet, no te preocupes. Está superado.

-Bien, quizá recuerdes también entonces que tenía fama de ser muy buena cocinera.

Tonet asintió.

-En concreto, de lo que tenía fama era de dar un toque a sus platos que nadie conseguía. ¿Recuerdas?

Volvió asentir, realmente captado su interés ahora. En efecto, el nunca había llegado a probar sus guisos, pero recordaba perfectamente que en el pueblo siempre se dijo que la mujer tenía algún secreto que los hacía realmente deliciosos. Algo que tenía que ver con las especias que usaba y que nadie acertaba a reconocer.

-Escúchame bien: te voy a contar algo, pero lo que te voy a decir no es ni un consejo ni un contraconsejo. Me limitaré a in formarte sobre ello, dejando la decisión a tu consideración. Tan sólo te voy a pedir que no tomes tu decisión sin pensarlo bien antes. ¿De acuerdo?

-Claro, hombre... –respondió extrañado- de acuerdo.

-Escucha pues; mi madre usaba unas hierbas... unas hierbas que nadie conoce. Yo te voy a decir donde encontrarlas. Son hasta dieciséis diferentes y con ellas conseguirás sorprender y conquistar hasta los paladares de los más exigentes jueces gastronómicos.

-¡Venga hombre...! Ya será menos.

-¿Recuerdas lo que se decía de los guisos de mi madre!?

-Sí...

-Entonces sabes que no exagero.

Era cierto. La insistencia en lo que había escuchado de pequeño, por necesidad debía corresponderse con una base real.

Paquito pareció pensárselo de nuevo.

-¡Vamos hombre...! ¡Has conseguido intrigarme de verdad! No puedes dejarme ahora en ascuas.
-Tranquilo Tonet, no voy a dejarte en ascuas. Me hiciste esta cicatriz, pero fuimos buenos amigos y hasta llegaste a salvarme la vida en una ocasión, ¿recuerdas?

Era cierto. Se refería a la vez en que, bañándose en una balsa de riego, le dio un mareo y perdió el conocimiento. Tonet se encontraba con él y le mantuvo la cabeza fuera del agua hasta que lo recobró. Puede que en realidad no hubiera tenido más alternativa y que cualquiera que hubiese estado allí hubiera hecho lo mismo, pero la cuestión era que fue él el que estuvo, y que fue él quien le salvó de morir ahogado.

-No te sientas en deuda, Paquito. Éramos amigos, no hay más que rascar. Tú también lo hubieras hecho por mí.

Paquito sonrió.

-Tú no me lo exiges Tonet, pero yo te lo voy a dar igualmente. Siempre te he estado agradecido y por fin tengo la oportunidad de recompensarte. Pero déjame que te aconseje antes.

-He viajado mucho, Tonet. He conocido a la gente. Mucha y de muchos países. No soy ninguna eminencia yo tampoco, pero más sabe el Diablo por viejo que por Diablo, y a pesar de que no tengo todavía más de veinticinco años, he vivido mucho.

-Escúchame Tonet, y ten en cuenta mis palabras para tomar tu decisión. La belleza es el alimento del alma. Alguien lo dijo, no sé quién... algún sabio de esos. Sí, la belleza es el alimento del alma, pero su virtud no va más allá de ella misma. Lo bello no es necesariamente lo bueno, ni tampoco lo que te conviene. Tampoco tiene porque ser lo malo ni lo que no te conviene, por supuesto. En realidad puede ser tanto una cosa como la otra.

-¡Joder macho! ¡Cómo desvarías!

-Los diamantes –prosiguió ignorando el comentario jocoso de su amigo-, las esmeraldas, los rubíes... su belleza es magnífica y nos deslumbra, pero no son más benignos que la más común de las piedras, y desde luego no son más fieles. Tampoco menos, pero todos los desean y van de mano en mano, cediendo su esplendor al que puede comprarlo. ¿Me sigues?

-Claro. No soy ningún genio, pero tampoco retrasado. Si tienes de novia a una tía buena, muchos van a desearla y echarle los trastos, y así siempre vas a vivir con el peligro de que otro más guapo o con más dinero te la quite. Pero sin en vez de un pibón es una tía normal, tendrá muchos menos pretendientes y vivirás más tranquilo.

-Sí, algo así. Belleza no implica bondad, ni tampoco capacidad para hacerte más feliz. A menudo incluso hace voluble y caprichosa a la bendecida con su don. Las flores siempre crecen hacia el sol. La misma esencia de lo bello, es seguir al esplendor. Insisto Tonet: la belleza es caprichosa, y de una manera u otra siempre hay que pagarla. No lo olvides nunca.

-¡Que sí, pesado, que sí! –bromeó de nuevo.

-De acuerdo pues. Escucha y no me tomes a mí por loco ni a cachondeo lo que te voy a decir. Sé que va a ser in evitable que lo hagas en cuanto lo oigas, pero si aun sin creerlo le das una oportunidad y lo compruebas, encontrarás que no deliraba cuando te lo conté. En absoluto.

Tonet lo miraba ahora extrañado, comenzando a pensar si, después de todo,  el bueno de Paquito no habría regresado un tanto “tocado”.

-¿Recuerdas la cabaña del “Parí-Parao”?

-Sí, claro –se sonrió Tonet. –El pobre borrachín murió congelado una noche de invierno. ¿Lo sabías?

-No, no sabía nada.

-Bueno, tampoco sufrió. Se quedó durmiendo la mona a medio camino y ya no despertó.

-¡Vaya! Pobre hombre. No era mala gente.

-No.

-Bueno, sigo explicándote. Mirando desde allí hacia donde se pone el Sol había una montaña, algo lejos y entre otras,  con una vieja casita de piedra en la cima. ¿La recuerdas?

-Sí, creo que sí. Si mal no recuerdo debe seguir allí.

-Eso es bueno, pues las indicaciones que te voy a dar hacen referencia a cosas que podrían no estar ya.

-Bien,  te acercas hasta ella, ¿de acuerdo?

-Sí, bueno... ¿hasta la casa o hasta la montaña?

-Hasta la casa. Debes situarte en la cima, junto a ella, para orientarte.

-Vale, como tú digas.

-Bueno, pues acércate al atardecer y una vez allí, colocado justo en su esquina derecha y mirando al horizonte, sigue al Sol con la mirada y quédate con el lugar donde se pierde tras las montañas. Cuenta éstas hacia la derecha. Una, dos y tres... ¡ésa es!

-¿Ésa es... qué?

-Te llegas hasta ella. Va a ser un largo paseo y subiendo y bajando montañas. Muy cansado, pero te va a valer la pena.

-Una vez allí, te subes también a la cima. Verás un barranco. No te doy más datos sobre él porque lo encontrarás sin dificultad. Sólo hay uno en ella. Si te llegas hasta su borde, verás que allí crece abundante el tomillo, el romero, la pebrella...

Tonet asintió. Habiéndose criado cerca del campo y siendo cocinero además, conocía bien las hierbas.
-... tanto en el borde como al pie del mismo.

-Son hierbas normales, Tonet, nada las diferencia de las demás, pero si te acercas una noche de luna llena y sigues los pasos que te voy a dar, establecerás un pacto con la Diosa de la Tierra y será tuyo el secreto de unas especias que te convertirán en un hombre de éxito y rico, atractivo a los ojos de Isabel.
Tonet lo miró como alarmado. ¿Acaso estaba tratando con un loco?

-No, amigo Tonet –se apresuró a tranquilizarlo con una sonrisa-, no estoy chalado. Sé que lo estás pensando y que no voy a poder convencerte de lo contrario, pero si te tomas la molestia de comprobar lo que te digo, aunque no lo creas y lo hagas sólo por probar, te verás recompensando con creces. Créeme.

-Ya.

-Los diamantes se dejan seducir por quien tiene dinero para comprarlos... por el brillo del dinero. Las flores por el brillo del sol. Tú quieres seducir a Isabel y ella se deja seducir por el brillo del éxito. Si quieres seducirla Tonet, habrás de brillar, y yo te estoy ofreciendo la forma de hacerlo.

Definitivamente no hablaba con un hombre cuerdo. Tras haber llegado a albergar una cierta expectativa ante la oportunidad prometida, vino a quedar decepcionado y compadecido del que fuera su amigo de infancia. Y lo más triste de todo, ahora se daba cuenta, era que nadie podría saber desde cuándo su mente había comenzado a desvariar. En efecto, su madre había sido curandera en el pueblo. Conocedora de viejas artes y supersticiones, amiga de infusiones y oraciones que ya pocos recordaban. La gente, aquélla que seguía creyendo en esas cosas, había ido a su casa a que la “midieran” y cosas por el estilo.

Por lo que recordaba se había tratado de una buena mujer, que con toda seguridad creía a pies juntillas en aquéllo que practicaba y había debido llevar consigo a su hijo en sus paseos por el monte para recoger sus hierbas. Desde muy pronto debía pues haber sembrado en su mente la semilla de la demencia, aquélla misma que la llevó a ella a languidecer de tristeza en un manicomio hasta la muerte. Ahora parecía claro que su vástago seguía su camino.

-Vale Paquito, muchas gracias. ¿Otra cervecita?

-No gracias, me tengo que ir.

-¿A dónde? ¿A casa de alguno de tus familiares?

-Qué va, vengo sólo de paso. De hecho no creo que pare siquiera en el pueblo.

-¿Cómo?- se mostró Tonet contrariado.

 Realmente había apreciado a su amigo y ahora se preocupaba por su estado. Le hubiera gustado hablar con su gente y tenerlo localizado para ver si se podía hacer algo por él, pero si pasaba de largo probablemente pasaran años antes de volver a tener noticias suyas. Si es que volvían a tenerlas.

-No te preocupes por mí, Tonet –quiso tranquilizarle con una sonrisa. –Ahora piensas que estoy colgado, pero te darás cuenta de que no es así. En tanto llega ese día,  no olvides lo que te he dicho. Ello te dará la oportunidad de conseguir lo que deseas, aunque debieras plantearte primero si lo que deseas es lo que te conviene.

-Vale no te preocupes, lo haré. Pero escucha.. deberías quedarte algunos días. Hay gente a la que le gustaría verte. El Sebas, el  Andrés... ¿sabes que se montó una empresa de electrodomésticos en el pueblo y le va de puta madre?

Volvió a sonreír.

-Sales recuerdos a todos.

-Paquito, por favor...

-Adiós Tonet. Me he alegrado mucho de volver a verte.

No era Paquito
No volvió a saber más Tonet del bueno de Paquito. A lo visto pasó de largo sin parar en el pueblo, como había dicho, y tampoco él preguntó a nadie al respecto. Con toda probabilidad no habrían habido argumentos suficientes para ingresarle en un centro psiquiátrico, y su intento tan sólo lo hubiera hecho todo más triste todavía. Así las cosas, tan sólo restaba lamentarse por la suerte de un viejo amigo.

Pasaron varios meses y con ellos la vida tal y como venía discurriendo hasta entonces. Isabel cada día más bella y él cada día más embelesado, hasta el punto de casi perder todo interés en cualquier otra mujer. Nada nuevo.

-¡Hombre, qué sorpresa! –se alegró un día al entrar por la puerta a uno de aquéllos familiares. Otro amigo de infancia al que hacía tiempo no veía, pero sin llegar al año en su caso, a lo sumo un poco más.

-¿Qué pasa Tonet? ¿Qué tal te va con los fogones?

-Bueno, ya sabes, peleando. Mi madre me hecha una mano, mi padre se encarga del almacén... ¿Y tú qué tal?

-Estoy ahora de representante. ¡Todo el día en la carretera!

-Ya.

-De hecho he parado por eso, para comer algo y salir de nuevo. ¿Qué tienes por ahí?

-Bueno, te puedo recomendar el menú. Está muy bien. Guisado de patatas de primero, conejo con tomate de segundo y postre.

-¡Ah, pues muy bien! Si está tan bueno como suena, puede que repita y todo.

-¡Ja, ja, ja! Deberías contenerte un poco. Ya sabes lo que dicen: “el que come hasta la hartura, con los dientes cava su sepultura”.

-¡Ja, ja, ja! Deja que la cave, no te preocupes por eso –bromeó acariciando con ambas manos su voluminosa barriga-. Otros morirán de cáncer por fumar, otros de cirrosis por beber... ¡deja que sea feliz con mi vicio! Al menos es menos pernicioso que los otros y no hago daño a nadie con él.

-Sí, en eso tienes razón. Oye, ¿sabes qué? Vi a tu primo. Pasó por aquí hace algunos meses.

-¿Sergio?

-¡No, no...! Paquito.

El hombre siguió mantuvo su sonrisa, si bien bajando la mirada y perdiendo ésta su intensidad hasta desaparecer.

-Tonet... –comenzó a hablar con un tono como el de quien hace por no enfadarse- mi primo Paquito murió hace dos años.

Al pobre Tonet se le quedó una cara de estúpido que debiera haber resultado cómica de no ser por las circunstancias.

-¿Cómo...?

-Murió hace dos años. No pudiste verlo.

-¡Pero eso no puede ser! ¡Estuve hablando en él...! ¡Hasta me enseñó su cicatriz!

-Tonet... –repitió el hombre ahora más tenso- mi primo murió hace dos años en Francia. Mi madre y mi tía se acercaron hasta allí para recoger sus cosas y asistir al entierro.

-Joder Tomás... lo siento. No sabía nada.

-Lo entiendo. La familia prefirió no comentarlo.

-Ya... No reconocí al tipo al primer momento. Me dijo que había tenido un accidente de moto y le habían tenido que reconstruir la cara.

-Paquito murió en un accidente de moto. Se dejó la cara en el asfalto, sí pero también la vida.

Ahora lo miró realmente pasmado. Aquéllo comenzaba a tomar un aire siniestro y Tonet a inquietarse.

-Déjalo Tonet. Debió tratarse de un quedón con muy mala sombra.

-Sabía cosas de nuestra infancia... la forma en que hablaba de las cosas y las describía, cómo las conocía...

-Seguramente había hablado con gente del pueblo. Bueno, déjalo ya. ¡Tengo el estómago que cruje de hambre!
 

(Continuará)